UTCam alberga jornada tecnológica “Hacking Innovation”
Dr. Omar Bazán Flores
Dr. en Economía Circular
La inteligencia artificial ya está entre nosotros. No llegó con el ruido que alguna vez imaginamos en las películas ni apareció de un día para otro. Se fue incorporando poco a poco a nuestra vida hasta convertirse en una herramienta que utilizamos para trabajar, estudiar, comunicarnos, producir y resolver problemas cotidianos.
Y precisamente porque ya forma parte de nuestra realidad, llegó el momento de hacernos una pregunta que va mucho más allá de la tecnología: ¿qué clase de sociedad queremos construir con ella?
El debate internacional sobre la regulación de la inteligencia artificial suele plantearse como una confrontación entre quienes quieren innovar y quienes buscan establecer límites. Creo que esa discusión parte de una falsa disyuntiva. Podemos innovar y, al mismo tiempo, actuar con responsabilidad.
Regular no significa tenerle miedo al futuro. Significa reconocer que una tecnología con capacidad para influir en decisiones económicas, laborales, educativas y sociales necesita reglas claras.
No entregaríamos decisiones importantes de nuestra vida a una institución sin exigirle responsabilidades. Tampoco deberíamos hacerlo con un algoritmo.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a diagnosticar problemas, mejorar procesos productivos, personalizar la educación, facilitar investigaciones y hacer más eficientes muchas actividades. Sería absurdo renunciar a esas posibilidades.
Pero también sería ingenuo pensar que la tecnología resolverá por sí misma sus propios riesgos.
Detrás de cada sistema existen personas, empresas e instituciones que lo diseñan, alimentan con información y determinan para qué será utilizado. Por eso la responsabilidad final nunca puede trasladarse completamente a una máquina.
Hay asuntos que debemos atender desde ahora: privacidad, protección de datos personales, sesgos algorítmicos, propiedad intelectual, ciberseguridad, desinformación y transparencia.
Sin embargo, existe otro tema que toca directamente la vida de millones de familias: el empleo.
La inteligencia artificial cambiará profesiones y oficios. Algunas tareas desaparecerán, muchas otras se modificarán y surgirán actividades que hoy apenas comenzamos a imaginar.
La respuesta no puede ser pedirle a la tecnología que se detenga. Debemos preparar a las personas para avanzar con ella.
Capacitar, actualizar conocimientos y desarrollar nuevas competencias será una de las grandes responsabilidades de nuestra generación. En la nueva economía, aprender durante toda la vida dejará de ser una opción para convertirse en una necesidad.
Pero hay otra conversación que me parece indispensable.
Desde la Economía Circular debemos preguntarnos también por la huella física de este mundo aparentemente digital.
La inteligencia artificial necesita centros de datos, electricidad, agua, servidores, semiconductores y enormes cantidades de infraestructura. Cada dispositivo que sustituimos y cada equipo que desechamos termina teniendo un impacto ambiental.
No tendría sentido utilizar una extraordinaria inteligencia tecnológica mientras agotamos irresponsablemente los recursos naturales que sostienen nuestra vida.
Necesitamos centros de datos más eficientes, energías limpias, recuperación de materiales, reutilización de componentes, mayor duración de los equipos y estrategias serias para reducir los residuos electrónicos.
La inteligencia del futuro también deberá ser circular.
México tiene ante sí una oportunidad que no debemos desperdiciar.
Podemos conformarnos con consumir las tecnologías creadas en otros países o podemos formar talento, impulsar investigación, fortalecer empresas mexicanas y desarrollar soluciones para nuestros propios problemas.
Eso exige inversión y legislación, pero fundamentalmente educación.
Necesitamos jóvenes capaces de utilizar inteligencia artificial, pero también de cuestionarla. Profesionistas capaces de trabajar con algoritmos, pero sin renunciar al criterio propio. Empresas que encuentren productividad en la tecnología, pero que comprendan su responsabilidad social y ambiental.
Porque mientras más poderosas sean las herramientas que construyamos, mayor deberá ser nuestra responsabilidad al utilizarlas.
La inteligencia artificial podrá analizar millones de datos en segundos. Podrá encontrar patrones que nosotros tardaríamos años en descubrir. Podrá escribir, diseñar, calcular y ayudarnos a tomar mejores decisiones.
Pero existe algo que no debemos delegarle: decidir qué sociedad queremos ser.
Una máquina puede ayudarnos a encontrar caminos. Somos nosotros quienes debemos elegir hacia dónde queremos ir.
Por eso, frente al extraordinario avance tecnológico de nuestro tiempo, quizá la pregunta más importante no sea hasta dónde llegará la inteligencia artificial.
La verdadera pregunta es hasta dónde seremos capaces de llegar nosotros utilizándola con responsabilidad, humanidad y respeto por nuestro planeta.
Porque el futuro podrá tener mucha inteligencia artificial.
Pero deberá seguir teniendo, por encima de todo, sentido humano.
Dr. Omar Bazán Flores
Dr. en Economía Circular




