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Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía Circular
La inteligencia artificial está dejando de ser una herramienta reservada a laboratorios, grandes empresas tecnológicas o centros de investigación. Hoy comienza a intervenir directamente en decisiones cotidianas: cuánto producir, qué transportar, qué almacenar, dónde consumir e incluso cuánto cobrar por un producto o servicio.
El caso reciente de McDonald’s, que analiza el uso de inteligencia artificial para recomendar precios a sus franquiciatarios a partir de información como ventas, competencia y condiciones de mercado, abre una conversación que va mucho más allá del sector de alimentos.
Estamos entrando en una economía donde los datos empiezan a modificar en tiempo real la manera en que las empresas administran sus recursos.
Desde la perspectiva de la economía circular, esta transformación puede convertirse en una gran oportunidad.
La inteligencia artificial permite anticipar la demanda, reducir inventarios innecesarios, optimizar rutas de distribución, disminuir desperdicios, mejorar procesos de mantenimiento y aprovechar mejor materias primas, energía y agua.
En lugar de producir primero y buscar después dónde colocar los productos, las empresas pueden utilizar información para acercar la producción a la demanda real.
Ese cambio parece técnico, pero tiene profundas consecuencias económicas y ambientales.
Cuando una empresa produce más de lo que necesita, no solamente pierde dinero. También desperdicia energía, transporte, empaques, horas de trabajo y materias primas. En alimentos, además, una parte importante termina convertida en residuos.
La inteligencia artificial puede ayudar a disminuir esa ineficiencia.
Pero existe otra cara del fenómeno.
La capacidad tecnológica para modificar precios de manera automática también plantea interrogantes sobre transparencia, competencia y protección de los consumidores.
Una cosa es utilizar datos para responder a cambios generales en el mercado y otra muy distinta sería construir sistemas capaces de determinar cuánto está dispuesto a pagar cada persona y cobrarle de manera diferente utilizando información sobre sus hábitos o comportamiento.
La innovación necesita límites claros.
La inteligencia artificial debe permitir que las empresas sean más eficientes, pero no debe convertirse en una herramienta para generar desigualdad, manipulación o pérdida de confianza.
Por eso necesitamos hablar de una nueva responsabilidad empresarial.
Las compañías deberán explicar cada vez mejor qué decisiones son tomadas por personas, cuáles reciben apoyo de algoritmos y bajo qué criterios funcionan estos sistemas.
También será necesario fortalecer la protección de datos personales y garantizar que las decisiones automatizadas puedan ser revisadas cuando afecten directamente a consumidores, trabajadores o proveedores.
La economía circular nos enseña algo fundamental: el verdadero desarrollo no consiste solamente en producir más.
Consiste en producir mejor.
Significa utilizar menos recursos para generar mayor valor, prolongar la vida útil de productos y materiales, reducir residuos y diseñar procesos capaces de regenerar valor económico, social y ambiental.
La inteligencia artificial puede acelerar enormemente esta transición.
Puede identificar desperdicios invisibles para el análisis tradicional, detectar patrones de consumo, diseñar cadenas de suministro más eficientes y ayudar a las empresas a comprender dónde se pierde valor.
Incluso puede contribuir a diseñar productos pensando desde el principio en su reparación, reutilización, remanufactura o reciclaje.
Pero ninguna tecnología sustituirá las decisiones humanas que determinan para qué queremos utilizarla.
El desafío de México no será únicamente adoptar inteligencia artificial.
Será desarrollar talento, infraestructura, empresas y políticas públicas capaces de convertirla en productividad sostenible.
Necesitamos que pequeñas y medianas empresas también tengan acceso a estas herramientas.
Necesitamos especialistas capaces de combinar datos, tecnología, administración, ingeniería, sostenibilidad y economía circular.
Y necesitamos consumidores informados que comprendan cómo los algoritmos comienzan a intervenir en sus decisiones cotidianas.
La próxima etapa de la economía digital no debería medirse únicamente por cuántos procesos logramos automatizar.
También debemos preguntarnos cuánto desperdicio logramos evitar, cuánta energía ahorramos, cuántos materiales recuperamos, cuánto valor conservamos dentro de nuestras cadenas productivas y qué beneficios generamos para las personas.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a construir una economía más eficiente.
La economía circular puede ayudarnos a decidir hacia dónde dirigir esa eficiencia.
La combinación de ambas puede representar una de las mayores oportunidades de transformación productiva de nuestra generación.
El objetivo no debe ser simplemente tener empresas más inteligentes.
Debe ser construir una economía más inteligente, circular, competitiva y responsable.
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía Circular




