Tecnología con propósito: la visión CONALEP Chihuahua 2030
La política también conoce el miedo. Y cuando el miedo aparece, se disfraza de estrategia, de movimiento táctico, de reacomodo interno. Eso es exactamente lo que hoy estamos viendo con el llamado grupo Tabasco: una búsqueda desesperada de refugio temporal para recuperar la fuerza que han venido perdiendo dentro de Morena.
La salida de Adán Augusto López de la coordinación de los senadores del oficialismo no fue un accidente ni un gesto de generosidad política. Fue el desenlace lógico de una confrontación permanente con el poder real del movimiento: la Presidencia de la República. Durante meses, Adán Augusto apostó a debilitar el liderazgo de Claudia Sheinbaum, a tensar la cuerda, a construir un contrapeso interno que nunca terminó de cuajar. Perdió.
No hay que engañarnos. El gobierno federal tiene los elementos necesarios para ir a fondo contra los nexos del senador con el crimen organizado, particularmente con el grupo conocido como La Barredora. También existe certidumbre sobre la ilegal inyección de recursos provenientes de un grupo empresarial cercano a Adán Augusto, tanto en sus propias operaciones políticas como en campañas claramente fuera de la ley, como la de Andrea Chávez. Las posibilidades existen, la información está ahí y el margen de negación es cada vez menor.
En ese contexto, y sin poder real para resistir, Adán Augusto no tuvo opción: tuvo que dejar la coordinación. No fue una decisión voluntaria, fue una rendición política. Aun así, sus operadores de comunicación intentaron vender la narrativa de que pasaría a coordinar acciones electorales, como si eso lo convirtiera en el gran arquitecto de las decisiones futuras. Otro error garrafal. No solo fue poco creíble, sino que constituyó un nuevo desafío directo al liderazgo de Sheinbaum.
El resultado fue inmediato: los espacios se agitaron, el margen de maniobra se redujo y la desesperación afloró. En ese estado, Adán Augusto cantó abiertamente su intención de adueñarse políticamente de Chihuahua como tabla de salvación. No como proyecto de transformación, sino como territorio de subsistencia.
La pregunta de fondo es inevitable: ¿permitirá la presidenta que este grupo siga sobrepasando los límites de su poder? Y, en tal caso, ¿permitirían los chihuahuenses que La Barredora se apodere del estado como si se tratara de un principado de la narcopolítica?
Morena está ante una definición histórica. Permitir que un grupo con señalamientos criminales represente al movimiento en Chihuahua sería el peor error estratégico posible: un suicidio político justo cuando existe, por primera vez, una posibilidad real de llegar al gobierno estatal. No sería solo una traición a los principios que dicen defender, sino una factura que la ciudadanía cobraría sin piedad.




