La preparación técnica frente a la IA: formar para dirigirla, no para depender de ella
En junio de 2026 México será el centro de atención del mundo. Millones de personas llegarán para disfrutar de la Copa Mundial de Futbol. Habrá derrama económica, turismo, promoción internacional y, seguramente, muchas fotos para presumir que somos un país capaz de organizar eventos de talla global.
Pero mientras celebramos la fiesta, hay una pregunta incómoda que también deberíamos hacernos: ¿estamos preparados para proteger a nuestra niñez y adolescencias?
Diversas organizaciones internacionales han advertido que los grandes eventos deportivos suelen incrementar riesgos asociados a la trata de personas y a la explotación sexual infantil. Por ello, México aprobó recientemente reformas a la Ley General de Turismo para fortalecer mecanismos de prevención, vigilancia y denuncia, particularmente en hoteles y servicios turísticos.
La preocupación no es menor. Durante años, organismos nacionales e internacionales han señalado que México enfrenta un problema grave de violencia sexual contra personas menores de edad. Lo más doloroso es que, en una gran proporción de los casos, el agresor no es un desconocido. Es alguien cercano: un familiar, un vecino, una pareja de la madre, una persona de confianza.
Y aquí aparece una de las ironías más desconcertantes de los últimos meses. Mientras algunos organismos discuten cómo proteger a la infancia durante el Mundial, desde el gobierno federal surgió la propuesta de adelantar más de un mes el fin del ciclo escolar para 2026, argumentando razones relacionadas con el Mundial y las altas temperaturas. La medida generó una fuerte polémica entre docentes, madres, padres y especialistas, precisamente por el impacto que tendría en millones de estudiantes.
Aclaro algo importante: al momento de escribir estas líneas, la propuesta ya había sido revocada tras el rechazo de diversas organizaciones y madres de familia, pero aun así se dejó opción para que las entidades pudieran tener variaciones para concluir su ciclo escolar, a partir de sus condiciones climáticas. Sin embargo, la discusión dejó al descubierto una realidad incómoda, seguimos viendo la escuela únicamente como un espacio académico y, no lo es. La escuela también es uno de los principales espacios de protección de la infancia. Ahí una maestra(o) detecta cambios de conducta. Ahí una persona que funge como orientadora observa señales de alarma. Ahí una persona de trabajo social identifica posibles casos de violencia. Ahí un niño o una niña puede pasar varias horas lejos de quien le lastima.
Lo aprendimos durante la pandemia. Cuando las escuelas cerraron, miles de menores quedaron invisibles para los sistemas de protección. La violencia familiar y sexual no desaparecieron, al contrario, se duplicaron.
Por eso resulta preocupante que, en ocasiones, las decisiones públicas se tomen únicamente desde el escritorio o desde el bolsillo, sin considerar el papel que las escuelas desempeñan como redes de contención social y claro, académico.
No se trata de estar en contra del futbol. Tampoco de minimizar la importancia económica del Mundial. Se trata de entender prioridades. Porque mientras discutimos precios de los boletos, los partidos y ceremonias inaugurales, hay niñas y niños cuya mayor seguridad cotidiana siguen siendo las escuelas.
La verdadera prueba para México en 2026 no será si organizamos un Mundial exitoso. Será demostrar que somos capaces de proteger también a nuestra infancia mientras lo hacemos. Y esa es una copa que, como país, todavía no hemos ganado.