Editorial | Inteligencia artificial y desinformación: el nuevo costo de no saber distinguir
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía Circular
La inteligencia artificial ha comenzado a entrar en territorios que durante mucho tiempo consideramos exclusivamente humanos. Uno de ellos es la música.
Hoy, una plataforma puede generar en segundos una canción completa: letra, voz, armonía, instrumentos y producción. Frente a ello surge una pregunta inevitable: si una máquina puede producir música de manera casi instantánea, ¿qué lugar queda para el creador humano?
La pregunta va mucho más allá de la música.
Estamos entrando en una etapa en la que la inteligencia artificial puede producir textos, imágenes, videos, diseños y composiciones musicales a una velocidad imposible para cualquier persona. Lo que antes requería horas o días de trabajo puede obtenerse ahora en minutos.
Desde la economía, esta diferencia de velocidad tiene un enorme significado.
La inteligencia artificial está reduciendo drásticamente el costo de producción de contenidos creativos. Lo que antes requería estudios, instrumentos, técnicos, editores y procesos complejos, hoy puede resolverse con una computadora y algunas instrucciones.
Eso representa productividad.
Pero productividad no significa necesariamente valor.
Una canción puede generarse en segundos, pero detrás de una creación humana existen experiencia, memoria, emociones, relaciones, fracasos, intuición y contexto.
Ahí aparece una pregunta fundamental para la nueva economía: ¿qué estamos dispuestos a valorar?
Si únicamente premiamos velocidad y bajo costo, las máquinas tendrán una ventaja cada vez mayor. Pero si reconocemos originalidad, identidad, sensibilidad, historia y autenticidad, el trabajo humano seguirá teniendo un valor económico distinto.
La economía circular nos ha enseñado precisamente que producir más no siempre significa producir mejor.
Durante décadas construimos modelos económicos basados en producir, consumir y desechar. Hoy sabemos que ese modelo tiene límites.
Con la inteligencia artificial podemos repetir el mismo error.
Podemos producir millones de canciones, imágenes, textos y videos prácticamente sin costo. Sin embargo, si generamos cantidades infinitas de contenido que nadie necesita, escucha o recuerda, estaremos trasladando la lógica del desperdicio físico al mundo digital.
La inteligencia artificial también consume recursos.
Los centros de datos necesitan electricidad, agua para sistemas de enfriamiento, infraestructura, minerales, semiconductores y enormes capacidades de almacenamiento. Por ello, hablar de inteligencia artificial también exige hablar de eficiencia energética, sostenibilidad y uso responsable de los recursos.
La economía circular aplicada al mundo digital debe plantear una pregunta sencilla: ¿necesitamos producir todo lo que tecnológicamente podemos producir?
La respuesta probablemente sea no.
La innovación debe ayudarnos a utilizar mejor los recursos, no simplemente a multiplicar contenidos.
También existe otro tema inevitable: el empleo.
Músicos, diseñadores, escritores, fotógrafos, productores y muchos otros profesionales creativos ya están comenzando a competir con sistemas capaces de generar resultados aceptables de manera prácticamente instantánea.
Eso no significa que desaparecerá la creatividad humana.
Significa que cambiará el valor de determinadas actividades.
En los próximos años veremos una economía creativa híbrida, donde las personas utilizarán inteligencia artificial como herramienta. Quienes aprendan a combinar conocimiento, creatividad y tecnología probablemente tendrán mayores oportunidades.
Pero debemos evitar que esa transformación termine reduciendo al creador humano a un simple proveedor de instrucciones para una máquina.
La tecnología debe ampliar nuestras capacidades, no sustituir nuestra identidad.
La diferencia entre una máquina y una persona no está solamente en el resultado final. Está también en el proceso.
Crear significa equivocarse, discutir, imaginar, cambiar de opinión, sentir frustración, descubrir algo inesperado y finalmente construir algo que antes no existía.
Ese proceso tiene valor.
Quizá dentro de algunos años resulte cada vez más difícil distinguir si una canción fue creada por una persona o por inteligencia artificial.
Pero tendremos que aprender a distinguir algo todavía más importante: qué tipo de economía queremos construir alrededor de esa tecnología.
Una economía que produzca contenidos infinitos sin significado, o una economía donde la tecnología ayude a las personas a crear mejor, utilizar menos recursos y generar mayor valor.
La inteligencia artificial puede escribir canciones.
Pero todavía somos nosotros quienes debemos decidir para qué queremos escribirlas.
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía Circular




