Rubén Moreira presenta en la Ciudad de México sus libros “Asuntos de fe” y “La tragedia institucional”
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía
Cada nuevo modelo es más capaz, más rápido y más integrado a procesos económicos, productivos, financieros y sociales.
Pero mientras crecen las capacidades, también crece una pregunta que no podemos ignorar: ¿estamos desarrollando al mismo ritmo los mecanismos de seguridad necesarios para controlar sus riesgos?
El debate reciente sobre la necesidad de aplicar protocolos de seguridad extremadamente rigurosos al desarrollo de sistemas avanzados de inteligencia artificial debe tomarse con seriedad, más allá de comparaciones o expresiones alarmistas.
Desde la economía, el tema es fundamental.
Toda tecnología capaz de transformar sectores completos genera beneficios, pero también riesgos sistémicos. Lo vimos con la energía, las telecomunicaciones, los mercados financieros y la infraestructura digital. Cuando una herramienta adquiere capacidad de afectar simultáneamente a millones de personas, deja de ser solamente un producto y se convierte en un asunto de interés público.
La inteligencia artificial ya se encuentra en ese punto.
Hoy puede intervenir en decisiones financieras, cadenas de suministro, sistemas de información, procesos industriales, seguridad informática, servicios públicos y actividades estratégicas.
Eso significa que una falla importante ya no necesariamente afectaría a una sola empresa.
Podría propagarse.
Ahí aparece un concepto que la economía conoce bien: riesgo sistémico.
Cuando los sistemas se encuentran profundamente interconectados, un problema puede multiplicarse rápidamente. Por eso existen regulaciones en sectores como la banca, la aviación, la energía o la salud.
No porque queramos detenerlos, sino precisamente porque queremos que funcionen.
La inteligencia artificial necesita esa misma madurez institucional.
Regular no significa frenar la innovación.
Significa construir confianza.
Las empresas que desarrollan sistemas avanzados necesitan protocolos claros de evaluación, pruebas independientes, mecanismos de supervisión, trazabilidad y capacidad real de detener un sistema cuando presente comportamientos inesperados.
También necesitamos responsabilidades definidas.
Si una decisión automatizada genera un daño importante, ¿quién responde?
¿La empresa que desarrolló el modelo?
¿La institución que lo utilizó?
¿El proveedor de datos?
¿El operador?
Estas preguntas deberán resolverse antes de que la inteligencia artificial se vuelva todavía más autónoma y relevante dentro de nuestra economía.
Existe además un desafío competitivo.
Algunos pueden pensar que establecer controles estrictos hará que un país pierda terreno frente a quienes desarrollen inteligencia artificial sin tantas restricciones.
Puede ocurrir exactamente lo contrario.
La seguridad puede convertirse en una ventaja económica.
Los países y empresas capaces de demostrar que sus sistemas son confiables tendrán mejores condiciones para utilizarlos en sectores sensibles como finanzas, medicina, infraestructura, industria o gobierno.
La confianza también genera valor.
México debe observar esta discusión con atención.
Nuestro país no puede limitarse a ser consumidor de inteligencia artificial desarrollada en otras naciones. Debemos participar en la construcción de estándares, capacidades técnicas y mecanismos de evaluación.
La economía del futuro dependerá cada vez más de quién controla la tecnología, pero también de quién sabe utilizarla de manera responsable.
La velocidad de innovación no puede ser la única medida del progreso.
También debemos medir seguridad, transparencia, impacto social y capacidad de respuesta ante errores.
La inteligencia artificial puede convertirse en una de las herramientas más poderosas para aumentar productividad, mejorar servicios y generar conocimiento.
Pero mientras más poderosa sea una tecnología, mayor debe ser nuestra responsabilidad.
No necesitamos tener miedo a la inteligencia artificial.
Necesitamos algo mucho más importante: instituciones, reglas y conocimiento suficientes para gobernarla.
La verdadera innovación no consiste únicamente en llegar primero.
Consiste en avanzar sin perder el control.
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía




