La preparación técnica frente a la IA: formar para dirigirla, no para depender de ella
En días recientes, la llamada Ley Valeria ha generado debate, desinformación y, por qué no decirlo, montón de burlas en redes sociales. Videos virales aseguran, con tono sarcástico, que ahora “por ver a una mujer en la calle te pueden meter a la cárcel”. Nada más alejado de la realidad. Pero el “chiste”, como suele pasar, termina siendo más efectivo que la explicación y el fondo.
Vale la pena empezar por lo básico, esta ley no castiga miradas ni encuentros casuales. Lo que busca es reconocer y sancionar el acecho, es decir, conductas reiteradas de persecución, vigilancia, hostigamiento o contacto no deseado que afectan la tranquilidad, la libertad y la seguridad de las personas, principalmente de las mujeres. No se trata de un acto aislado, ni de un malentendido, ni de una interacción incómoda. Se trata de patrones de comportamiento persistente, incluso cuando ya hubo un “no” expreso o implícito, que debió ser suficiente.
Durante años, este tipo de conductas quedaron en un limbo legal. Muchas mujeres acudieron a fiscalías con relatos claros de seguimiento constante, mensajes insistentes, apariciones no solicitadas en sus espacios cotidianos. La respuesta, “No podemos hacer nada… todavía”. Todavía, hasta que haya una amenaza directa. Todavía, hasta que ocurra algo peor.
Desde esa realidad, es entendible que surjan iniciativas como la Ley Valeria. Nombrar el problema importa. Tipificar el acecho permite intervenir antes de que la violencia escale a agresiones más graves. En ese sentido, sí, es una herramienta necesaria. Pero necesario no siempre es sinónimo de correcto en términos de técnica legislativa. México lleva años acumulando leyes, reformas y, parches normativos que responden más a la presión social del momento que a una visión integral. Ya contamos, entre otras, con la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, un marco robusto que reconoce distintas formas de violencia. El problema no ha sido la ausencia total de normas, sino la falta de articulación, de aplicación efectiva, de fortalecimiento institucional y de presupuesto.
En mi opinión, probablemente no era necesaria una nueva ley. Pero el reconocimiento al acecho como delito Si. Este se pudo haber incorporado de manera clara en los códigos penales, armonizado con la legislación existente. Más orden, menos leyes que consultar. Y aquí es donde la conversación se vuelve incómoda, pero necesaria.
Mientras discutimos nuevas leyes, seguimos destinando recursos a estructuras que muchas veces operan sin presupuesto suficiente, con personal mal remunerado y con capacidades limitadas. Seguimos reaccionando tarde. Seguimos apostando más por el castigo que por la prevención.
La violencia no siempre es física ni sexual en su forma más evidente. También es relacional. Es invadir el espacio, el tiempo, la atención de alguien que no lo ha consentido. Es normalizar la incomodidad ajena. Y sí, muchas veces, es la antesala de algo más grave.
Por eso, más allá del nombre de la ley, el reto es otro, dejar de trivializar estas conductas, dejar de romantizarlas y empezar de construir una cultura donde el respeto no sea opcional.
Porque si todavía tenemos que explicar que un “no” significa “no”, entonces el problema nunca ha sido solo legal.