Día Internacional del Derecho a Saber
Despertar en México sigue siendo un ejercicio de resistencia. Cada semana la política nacional parece girar una tómbola donde el premio mayor siempre es una nueva tragedia, un escándalo o una historia digna de sospecha. La tómbola gira y gira, y mientras tanto el país intenta sostenerse entre la indignación y la costumbre.
En semanas recientes, los titulares se llenaron con un nuevo concepto: el “huachicol fiscal”, una práctica que exhibe cómo se drena al país desde dentro, sin armas ni ductos, pero con sellos y facturas. Un mecanismo tan sofisticado como absurdo, donde la evasión y el desvío se maquillan de legalidad. Mientras tanto, los discursos oficiales hablan de austeridad y combate a la corrupción, pero el dinero público sigue escurriéndose por las grietas de la complicidad.
Y cuando no son los fraudes, son las balas. En Michoacán, el asesinato reciente del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo y de otros 6 presidentes municipales en menos de un año volvió a dejar al descubierto una realidad que no queremos mirar: alzar la voz, disentir o ejercer la política en México se ha vuelto un acto de alto riesgo. Las autoridades condenan los hechos, prometen investigaciones, y la tómbola gira otra vez, hasta que el siguiente crimen o escandalo ocupa los encabezados.
Mientras tanto, en otras regiones, la ciudadanía sigue enfrentando los efectos del abandono institucional: inundaciones, desabasto de agua, desabasto de medicamentos, apagones, falta de servicios médicos. Las emergencias se atienden con recursos locales, improvisando soluciones, mientras desde el centro del país se multiplican los anuncios, los spots y los mensajes triunfalistas. La brecha entre discurso y realidad se ensancha cada día más.
No se trata solo de criticar, porque México necesita menos enojo y más responsabilidad, menos odio y mas acciones positivas, sino de reconocer que vivimos en un ciclo de poca memoria y mucha distracción. Hoy hablamos del huachicol, mañana de vuelos en primera clase, pasado del siguiente caso de corrupción, y al final nada cambia. Cada tema dura lo que tarda en aparecer el siguiente.
Lo más alarmante es la normalización de la crisis. La indignación dura un par de días y se diluye entre memes y desmentidos. Nos hemos acostumbrado a vivir en una tómbola donde el azar define la prioridad nacional: hoy la economía, mañana la violencia, pasado la transparencia. Y nadie parece tener el control de la rifa.
Pero el país no puede seguir girando al ritmo del caos. Si queremos romper este ciclo, necesitamos ciudadanía activa, medios críticos y autoridades que asuman su deber más allá de la narrativa. La política no puede seguir siendo una rifa donde todo se gana con suerte y se pierde con olvido.
Porque México no es una tómbola: es un país que merece certezas, no sorpresas.