CONALEP 2030: del aula inteligente a la industria del futuro
Durante años hemos repetido que la política se hace con discursos, decisiones y votos. Pero en la era de la hiperimagen, también se hace con ropa, con el “outfit”. La moda nunca ha sido superficial: siempre ha sido política. Lo fue cuando las mujeres comenzaron a usar pantalones durante la Segunda Guerra Mundial porque salieron a trabajar fuera de casa; lo fue cuando el labial rojo se convirtió en un gesto de resistencia; y lo sigue siendo hoy, cuando una prenda puede construir o desmontar una narrativa de poder en cuestión de horas.
Hace un par de semanas, tras la detención de Nicolás Maduro, las imágenes que circularon no solo hablaron del hecho político en sí, sino de cómo fue presentado al mundo. No apareció con traje, ni con símbolos tradicionales del poder. Apareció vestido de manera calculadamente “neutral” (o al menos a simple vista fue lo que muchos pensamos): pants, sudadera, tonos sobrios. Pero algo si resalto, las marcas de la ropa, perfectamente reconocibles a nivel global.
El conjunto deportivo con la icónica “palomita” de Nike se volvió viral casi de inmediato. No porque fuera estéticamente extraordinario, sino porque el mensaje era claro: despojo simbólico del poder, domesticación de la figura presidencial, reducción del “líder”. La imagen funcionó. Funcionó tanto que el conjunto se agotó en horas. La política convertida en mercancía.¿Fue casualidad? No lo sabemos. ¿Podría serlo? Tal vez. Pero también es perfectamente creíble que, en una estrategia de alto nivel, se piense incluso en cómo se viste al detenido. No para vender ropa, sino para enviar un mensaje aún más contundente, de dominación. Porque Nike no es cualquier marca: es global, es estadounidense, es inmediatamente identificable. Es, en sí misma, un símbolo de poder.
Días después, otra imagen circuló: Maduro con una sudadera azul de una marca distinta, menos conocida, pero con un discurso profundamente político: producción 100% estadounidense, materiales locales, con un color denominado “azul patriótico”. La marca salió rápidamente a deslindarse. La prenda, curiosamente, desapareció del mercado. No hizo falta que se vendiera: bastó con que existiera en la imagen.
Tal vez lo más inquietante de este episodio no sea la sudadera, ni la marca, ni si hubo o no estrategia comercial detrás. Lo inquietante es constatar que hoy el poder entiende perfectamente cómo funciona la cultura visual y el consumo simbólico. Que sabe que una imagen bien construida puede decir más que un discurso, y que una prenda puede convertirse en mensaje político global.
Mientras debatimos si fue casualidad o cálculo, la escena ya cumplió su objetivo: capturó la atención, fijó una narrativa y convirtió un hecho político en mercancía visual. En tiempos donde la política compite con el entretenimiento, quizá la pregunta ya no sea quién gobierna, sino quién controla la imagen. Y eso, nos guste o no, también es una forma de poder.




