CONALEP 2030: del aula inteligente a la industria del futuro
El triunfo de Fátima Bosch en Miss Universo generó aplausos, orgullo nacional y, por supuesto, toneladas de odio en redes sociales. Nada nuevo: México y el mundo parecen especializado en convertir cualquier logro ajeno en campo de batalla o lo que ahora se denomina "rage bait" (pero de ésto comentaré en otro artículo). Pero lo más relevante no es el triunfo en sí, sino lo que revela del certamen y de nuestra relación con estos concursos que insisten en presentarse como “empoderamiento femenino”.
Miss Universo, a pesar de su envoltura moderna, sigue siendo, en esencia, un concurso que evalúa cuerpos, rostros y estereotipos. Se nos dice que ahí se premia los méritos académicos, humanitarios, la disciplina o la historia de vida, pero en la práctica lo que se decide es qué tipo de estética encaja mejor con un ideal globalizado de belleza. Un ideal que pocas mujeres alcanzan sin pasar por procedimientos caros, invasivos y, en muchos casos, dolorosos o hasta mortales.
El triunfo de Fátima llega en un momento oportuno para quienes organizan el certamen: una mujer que enfrentó violencia digital en su país, luego por parte de uno de los organizadores del evento en Tailandia que se hizo viral. Su disciplina es real, su historia también. Pero sería ingenuo pensar que los intereses detrás del concurso no supieron leer el momento. Nada repara más rápido la reputación de un certamen cuestionado que una ganadora con un relato poderoso que encaje con la narrativa de “superación” y "empoderamiento".
El problema no es Fátima. El problema es que su victoria se utiliza como un símbolo para legitimar un concurso que, en el fondo, sigue calificando a las mujeres como si fueran piezas de exhibición. Porque aunque Miss Universo repita un discurso de inclusión, sororidad y empoderamiento, no deja de ser un formato global que perfecciona la forma de evaluar y clasificar cuerpos.
Ahora bien, también es cierto que para miles de mujeres en distintos países estos concursos funcionan como plataformas de movilidad social. Muchas ven en Miss Universo o en certámenes similares, una oportunidad real para salir de contextos familiares violentos, situaciones económicas precarias o entornos políticos restrictivos. Y desde esa perspectiva, juzgar a quienes participan se vuelve profundamente injusto.
Pero incluso entendiendo esa realidad, me resisto.
Me resisto a que sigamos celebrando un sistema que convierte los cuerpos de las mujeres en métrica, moneda o espectáculo. Me resisto a que la sociedad global dedique más energía a opinar sobre la apariencia de una mujer que a cuestionar por qué seguimos validando estructuras que la convierten en producto.
Fátima no es el problema. Y tampoco es la solución.
La pregunta que deberíamos hacernos es otra, mucho más incómoda:
¿por qué seguimos necesitando concursos que definan qué tipo de mujer merece ser coronada como la “más bonita” del mundo?




