La preparación técnica frente a la IA: formar para dirigirla, no para depender de ella
México ya vivió un tiempo en el que el gobierno controlaba prácticamente todo: las elecciones, las instituciones y los resultados. Como es de todo México sabido, vivimos varias décadas en las que el partido en el poder no solo gobernaba, también organizaba y calificaba las elecciones. Ese periodo, conocido como la dictadura perfecta del PRI, se sostuvo durante más de setenta años gracias a un sistema sin contrapesos reales y con una seudo-democracia más formal que efectiva.
Durante décadas se habló y, no sin razón de fraudes electorales, de elecciones arregladas y de resultados que ya estaban definidos antes de que la ciudadanía votara. No era paranoia social: era una práctica sistemática de control político. Justamente por eso, la transición democrática y la creación de órganos electorales autónomos fueron uno de los mayores avances institucionales del país.
Hoy, paradójicamente, cuando deberíamos estar discutiendo cómo fortalecer ese sistema, lo que vemos es un intento claro de regresión. La reforma político-electoral que impulsa Morena no apunta al perfeccionamiento democrático, sino a algo mucho más peligroso: concentrar nuevamente el poder en manos del gobierno, bajo un discurso de “transformación” y “esperanza”.
El fondo del problema es simple: el partido en el poder pretende influir, controlar o debilitar a las instituciones que deberían vigilarlo. Quiere ser juez y parte. Y eso, en cualquier democracia, es una señal de alerta. No importa el color del partido ni el discurso que lo acompañe: cuando el poder busca eliminar contrapesos, la democracia se vacía.
Se nos dice que la reforma busca ahorrar recursos, hacer más eficiente el sistema o devolverle el poder al pueblo. Pero en la práctica, lo que propone es reducir la autonomía del árbitro electoral, debilitar su capacidad operativa y someterlo a la lógica política del momento. Exactamente el modelo del que México intentó salir durante décadas.
Lo más preocupante es que este retroceso se presenta como progreso. Se vende como una ruptura con el pasado, cuando en realidad se parece demasiado a él. Cambia el partido, cambia el discurso, pero la lógica del control absoluto es la misma. Antes se justificaba en la “estabilidad”; hoy se disfraza de “esperanza”.
Y no, no se trata de nostalgia ni de una defensa ciega de las instituciones tal como están. Toda democracia es perfectible. Pero mejorar no es concentrar poder, ni debilitar la vigilancia, ni reducir la pluralidad. Mejorar es fortalecer la confianza ciudadana, garantizar reglas claras y asegurar que quien gobierna no controle también la elección que lo legitima.
México no puede permitirse volver a un modelo donde el gobierno lo decide todo y la ciudadanía solo valida. Ya conocemos ese camino y sabemos a dónde conduce. La democracia no se pierde de un día para otro: se erosiona poco a poco, reforma tras reforma, hasta que un día descubrimos que el voto ya no decide nada.
Por eso, más que una reforma político-electoral, lo que hoy se discute es el rumbo del país. Si avanzamos hacia una democracia más sólida o si, bajo el disfraz del cambio, estamos regresando a un pasado del que a lo mejor ya no podremos salir.