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CHIHUAHUA, Chih., 23 de octubre de 2026. — La relación política entre la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván, y la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, volvió a colocarse en el centro del debate nacional a raíz del proceso judicial que enfrenta el exfiscal general del Estado, César Jáuregui Moreno, por presuntas irregularidades relacionadas con la participación de agentes extranjeros en territorio mexicano.
El caso fue abordado en un espacio de análisis político bajo el título Maru, Claudia y la CIA: Traición y simulación, donde se plantearon interrogantes sobre las responsabilidades institucionales, los acuerdos de colaboración en materia de seguridad y las diferencias entre las posturas públicas de las autoridades involucradas.
Uno de los principales puntos de discusión es el alcance del conocimiento que tenían los gobiernos estatal y federal sobre las operaciones de seguridad desarrolladas en Chihuahua, particularmente aquellas en las que presuntamente participaron integrantes de agencias estadounidenses.
La controversia también ha generado cuestionamientos sobre la cadena de mando y los mecanismos de autorización para la intervención de personal extranjero en acciones relacionadas con la seguridad pública y la investigación de delitos.
En este contexto, la situación jurídica de Jáuregui ha adquirido una dimensión política que rebasa la responsabilidad individual del exfuncionario, al involucrar preguntas sobre la coordinación entre instituciones mexicanas y organismos internacionales.
La gobernadora Maru Campos ha defendido públicamente la actuación de su administración, mientras que desde el Gobierno federal se ha insistido en la necesidad de esclarecer los hechos y determinar las responsabilidades correspondientes conforme a la legislación mexicana.
El debate también alcanza a la relación entre Chihuahua y Estados Unidos, particularmente por la importancia de la cooperación bilateral en el combate al crimen organizado, el tráfico de drogas y las operaciones de inteligencia.
Especialistas y analistas políticos han colocado sobre la mesa una interrogante central: hasta dónde llega la responsabilidad de los funcionarios que participan directamente en una operación y cuál corresponde a las autoridades superiores encargadas de supervisar las políticas de seguridad.
La discusión ocurre en un momento de creciente tensión política, con repercusiones para las relaciones entre el Gobierno de Chihuahua, la administración federal y las distintas fuerzas partidistas rumbo al proceso electoral de 2027.
Más allá de los señalamientos políticos, el caso plantea la necesidad de esclarecer documental y judicialmente quién autorizó las acciones investigadas, bajo qué mecanismos de cooperación se realizaron y si existieron violaciones a la legislación nacional.
La determinación de responsabilidades corresponderá a las autoridades judiciales, bajo los principios de presunción de inocencia, debido proceso y valoración de las pruebas presentadas.




