México reforzará monitoreo de redes sociales tras ataque en secundaria de Torreón
CHIHUAHUA, Chih., 5 de octubre de 2026.- Cuenta la leyenda que en los tiempos de la Revolución Mexicana, la región de Meoqui y la cordillera que resguarda la comunidad de El Torreón eran tierra de nadie. Por esos rumbos pasaban tropas, revolucionarios y bandas de cuatreros que buscaban refugio entre la vegetación del río San Pedro y las viejas construcciones de piedra que servían como puntos de vigilancia contra los ataques apaches y los embates de la guerra.
Se dice que un poderoso hacendado de la zona —o según otros viejos del pueblo, un comandante villista que custodiaba las arcas de la causa— acumuló una fortuna desmesurada en barras de oro, monedas de plata fina y joyas valiosísimas. Al verse acorralado por las fuerzas enemigas que avanzaban desde el sur, supo que no podría huir cargando tanto peso.
Bajo la sombra de la noche, llevó varios mulos cargados con pesados cofres hasta las inmediaciones del antiguo fortín de piedra en El Torreón. Con la ayuda de un par de peones de su absoluta confianza, cavó un profundo túnel debajo de las cimentaciones de adobe y piedra del fuerte, enterrando ahí la inmensa fortuna. Para guardar el secreto, el hombre acabó con la vida de los trabajadores en ese mismo lugar, asegurándose de que nadie más supiera la ubicación exacta.
Pocos días después, el hacendado cayó en combate cerca de las cruces del camino, llevándose el secreto a la tumba.
Con los años, el tesoro de El Torreón se convirtió en una leyenda viva. Cuentan los pobladores más ancianos que cuando la noche cae sobre la cordillera y el viento sopla fuerte entre las alamedas, sobre las ruinas del fortín se ven desprender llamaradas azules y doradas —las famosas luces del dinero o ardores del metal.
Muchos valientes y cazadores de tesoros han intentado desenterrarlo con picos y palas. Sin embargo, la leyenda advierte que el tesoro tiene una condición sagrada: solo se dejará encontrar por quien no tenga codicia en el corazón. Quienes han excavado por pura ambición aseguran que, al estar a unos cuantos centímetros de tocar la madera de los cofres, un intenso olor a azufre emana de la tierra y los sofoca, o se escuchan cascos de caballos y ladridos feroces que los obligan a huir aterrorizados, dejando la tierra intacta de nuevo para el día siguiente.
Así, la gran fortuna sigue ahí, sepultada bajo la historia y la tierra firme de la cordillera de Meoqui, esperando a quien la fortuna considere digno de desenterrarla.




