Maestros en México: entre aumentos y protestas
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía
La inteligencia artificial dejó de ser únicamente una herramienta tecnológica para convertirse en un factor de poder económico, político y geoestratégico. El anuncio realizado en Estados Unidos sobre la creación de una estructura federal orientada a coordinar el desarrollo de la llamada “superinteligencia” confirma que estamos entrando en una nueva etapa de competencia global.
Ya no se trata solamente de quién desarrolla el mejor algoritmo o la aplicación más innovadora. La verdadera disputa está en quién controla la infraestructura, los centros de datos, los semiconductores, la energía, el talento especializado y la capacidad de convertir conocimiento en productividad.
Desde la economía, este cambio debe analizarse con atención.
Las grandes revoluciones tecnológicas siempre han modificado la distribución de la riqueza. La máquina de vapor reorganizó la producción industrial; la electricidad multiplicó la capacidad de las empresas; internet transformó el comercio, las comunicaciones y los servicios. La inteligencia artificial puede tener un impacto todavía más profundo porque interviene directamente en la generación de conocimiento, la toma de decisiones y la automatización de actividades intelectuales.
La pregunta central es quién capturará ese valor.
Los países que desarrollen capacidades propias en inteligencia artificial tendrán ventajas importantes en productividad, innovación, seguridad, comercio y crecimiento. Aquellos que solamente consuman tecnología creada en otros lugares correrán el riesgo de aumentar su dependencia económica.
Por eso, la llamada carrera por la superinteligencia no debe interpretarse exclusivamente como una competencia tecnológica. Es también una competencia por inversión, capital humano, infraestructura y soberanía económica.
México tiene frente a sí una oportunidad importante.
Nuestra integración productiva con América del Norte, la relocalización de cadenas de suministro y nuestra capacidad industrial pueden permitirnos participar activamente en esta transformación. Sin embargo, aprovecharla requiere una estrategia nacional mucho más amplia que simplemente incorporar nuevas plataformas digitales.
Necesitamos invertir en formación especializada, investigación, infraestructura tecnológica, centros de datos, energía suficiente y confiable, así como en pequeñas y medianas empresas capaces de integrarse a las nuevas cadenas de valor.
También debemos entender que la inteligencia artificial modificará profundamente el mercado laboral. Algunas tareas desaparecerán, muchas otras cambiarán y surgirán nuevas ocupaciones. La política económica tendrá que acompañar esa transición mediante capacitación permanente, certificación de nuevas competencias y mecanismos que permitan que los incrementos de productividad se traduzcan en mejores ingresos.
El gran desafío será evitar que la inteligencia artificial profundice las desigualdades existentes.
Si solamente unas cuantas empresas y países concentran los beneficios económicos de esta transformación, veremos una mayor concentración de riqueza y poder. Pero si construimos políticas que amplíen el acceso al conocimiento, al financiamiento y a la tecnología, la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinaria de desarrollo.
También existe una dimensión que no debemos ignorar: la regulación.
Innovar y regular no son conceptos opuestos. Una economía moderna necesita reglas claras que protejan derechos, datos personales y competencia, sin cerrar el paso a la inversión ni a la innovación.
La discusión sobre la superinteligencia apenas comienza, pero ya está definiendo las decisiones económicas de las principales potencias.
México debe asumir que esta transformación no pertenece al futuro. Ya está ocurriendo.
La verdadera pregunta no es si la inteligencia artificial cambiará nuestra economía. La pregunta es qué lugar queremos ocupar dentro de esa nueva economía mundial.
Y esa decisión debemos comenzar a tomarla hoy.
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía




