URGE RUBÉN MOREIRA ATENDER LA FIBROSIS PULMONAR
Por Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía Circular
La inteligencia artificial está transformando al mundo con una velocidad que supera nuestra capacidad de comprender todas sus consecuencias. Lo que hace apenas unos años parecía ciencia ficción hoy forma parte de la economía, la educación, la medicina, la industria y las decisiones cotidianas de millones de personas.
Sin embargo, detrás de esta revolución tecnológica surge una pregunta que debemos responder con responsabilidad: ¿la inteligencia artificial está mejorando nuestra calidad de vida o estamos construyendo herramientas que podrían poner en riesgo el empleo, la privacidad y la propia libertad humana?
La respuesta no puede reducirse a estar a favor o en contra de la tecnología. La inteligencia artificial representa una oportunidad extraordinaria, pero sus beneficios dependerán de las decisiones económicas, sociales y éticas que tomemos.
Desde la perspectiva de la economía circular, esta transformación adquiere una importancia especial. La inteligencia artificial puede ayudarnos a utilizar mejor los recursos naturales, reducir desperdicios, optimizar procesos productivos y construir sistemas económicos más eficientes y sostenibles.
Imaginemos industrias capaces de anticipar fallas en sus equipos, ciudades que administren inteligentemente el agua, sistemas agrícolas que reduzcan el desperdicio de alimentos y empresas que aprovechen sus materiales mediante nuevos ciclos productivos.
Estas posibilidades no pertenecen exclusivamente al futuro. Muchas comienzan a convertirse en realidades que pueden transformar nuestra relación con el medio ambiente.
Pero existe una contradicción que debemos reconocer: mientras la inteligencia artificial promete mejorar la eficiencia energética y ambiental, también requiere enormes cantidades de electricidad, agua e infraestructura tecnológica para funcionar.
Por ello, el desarrollo de esta tecnología debe acompañarse de una visión de sostenibilidad que considere todo su ciclo de vida, desde la fabricación de los equipos hasta el consumo energético y la disposición final de sus componentes.
Otro desafío fundamental es el empleo.
La automatización modificará numerosas actividades laborales. Algunas tareas desaparecerán, otras se transformarán y surgirán profesiones que actualmente apenas comenzamos a imaginar.
El verdadero problema no es que las máquinas puedan realizar determinadas funciones humanas, sino que millones de trabajadores podrían enfrentar estos cambios sin preparación suficiente.
México necesita comprender que la capacitación tecnológica ya no es una opción complementaria, sino una condición indispensable para competir en la nueva economía mundial.
Debemos impulsar una transformación educativa que permita desarrollar habilidades digitales, pensamiento crítico, creatividad y capacidad de adaptación.
La inteligencia artificial debe ampliar las capacidades humanas, no sustituir el razonamiento ni debilitar nuestra autonomía.
También debemos hablar de privacidad y verdad.
Nunca habíamos tenido herramientas tan poderosas para procesar información, pero tampoco habíamos enfrentado semejantes posibilidades de vigilancia, manipulación digital y difusión de contenidos falsos.
Una sociedad que pierde la capacidad de distinguir entre información auténtica y contenido fabricado artificialmente corre el riesgo de debilitar su confianza en las instituciones y en las relaciones humanas.
Por eso necesitamos reglas claras, transparencia tecnológica y mecanismos de protección de los derechos individuales.
La innovación no puede convertirse en una justificación para eliminar responsabilidades.
Existe además un riesgo económico que merece atención: la concentración del poder tecnológico.
Si unas cuantas corporaciones controlan los sistemas más avanzados, la infraestructura informática y los grandes volúmenes de información, podrían ampliarse las desigualdades entre países, empresas y ciudadanos.
Las pequeñas y medianas empresas mexicanas deben tener oportunidades reales de incorporar inteligencia artificial a sus procesos productivos. De lo contrario, la transformación digital podría profundizar las diferencias económicas existentes.
El futuro no debe pertenecer exclusivamente a quienes poseen los algoritmos, sino también a quienes generan conocimiento, trabajan, emprenden y producen valor para la sociedad.
La economía circular nos enseña que el desarrollo verdadero consiste en crear prosperidad utilizando responsablemente nuestros recursos. Esa misma filosofía debe orientar la revolución de la inteligencia artificial.
No necesitamos máquinas que simplemente produzcan más. Necesitamos tecnologías que nos permitan vivir mejor, cuidar nuestro planeta y distribuir de manera más justa las oportunidades.
La inteligencia artificial puede convertirse en uno de los mayores avances de nuestra generación, siempre que recordemos que la tecnología es un instrumento y no un fin en sí mismo.
El progreso no debe medirse únicamente por la velocidad de los procesadores o la capacidad de los algoritmos, sino por sus resultados en la vida de las personas.
La gran pregunta no es si la inteligencia artificial llegará a superar determinadas capacidades humanas. La pregunta verdaderamente importante es si tendremos la inteligencia colectiva, la ética y la voluntad necesarias para utilizarla en beneficio de la humanidad.
Porque el futuro no debe quedar en manos de las máquinas.
El futuro debe seguir siendo una decisión humana.
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía Circular




