COMUNICADO
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía Circular
Durante mucho tiempo pensamos en la inteligencia artificial como una herramienta diseñada para procesar información, automatizar tareas o encontrar respuestas con mayor rapidez. Sin embargo, los avances más recientes muestran que estamos entrando en una etapa diferente: las máquinas comienzan a desarrollar una capacidad cada vez más sofisticada para tomar decisiones cuando no cuentan con toda la información disponible.
Ese cambio merece nuestra atención.
Un grupo de investigadores desarrolló recientemente un sistema de inteligencia artificial llamado Ataraxos, capaz de superar a algunos de los mejores jugadores humanos de Stratego, un juego especialmente complejo porque cada participante desconoce buena parte de las piezas y movimientos posibles de su adversario.
La relevancia del experimento va mucho más allá de un tablero.
La economía funciona precisamente en condiciones de información incompleta. Una empresa no conoce con certeza lo que harán sus competidores. Un inversionista desconoce cómo reaccionarán los mercados. Un gobierno debe tomar decisiones sin saber exactamente cómo evolucionarán todas las variables económicas y sociales.
En otras palabras, buena parte de nuestras decisiones cotidianas se parecen más al Stratego que al ajedrez.
El ajedrez permite observar todas las piezas. La economía, los mercados y la vida productiva no.
Por ello, el verdadero avance de estos nuevos modelos de inteligencia artificial no consiste solamente en derrotar a una persona en un juego, sino en aprender a construir estrategias frente a escenarios inciertos.
Además, existe otro elemento particularmente importante: la eficiencia.
Los investigadores señalan que este sistema logró resultados sobresalientes utilizando menores recursos computacionales que otros modelos desarrollados anteriormente. Eso representa una señal relevante para la economía de la inteligencia artificial.
Hasta ahora, gran parte de la competencia tecnológica mundial se ha concentrado en quién dispone de más centros de datos, más procesadores, más electricidad y mayores inversiones.
Pero la siguiente etapa podría estar determinada no únicamente por quién tenga más capacidad de cómputo, sino por quién logre utilizarla mejor.
Desde la economía circular, este punto resulta fundamental.
El crecimiento de la inteligencia artificial también tiene una dimensión material: consume energía, requiere agua para sistemas de enfriamiento, utiliza minerales estratégicos y demanda infraestructura tecnológica cuya fabricación genera impactos ambientales.
Por ello, una inteligencia artificial más eficiente no solamente puede representar menores costos económicos. También puede significar una utilización más responsable de recursos.
La innovación del futuro tendrá que ser medida no sólo por su potencia, sino también por su eficiencia.
Sin embargo, existe otra reflexión todavía más profunda.
Si las máquinas mejoran progresivamente su capacidad para diseñar estrategias en ambientes donde existe información incompleta, también tendremos que preguntarnos cuál será el papel del razonamiento humano.
La respuesta no debe ser competir contra las máquinas.
Nuestro reto consiste en aprender a utilizarlas.
La inteligencia artificial puede analizar millones de posibilidades, detectar patrones y calcular probabilidades con una velocidad imposible para cualquier persona. Pero los seres humanos seguimos siendo responsables de establecer objetivos, valores, límites y consecuencias.
Una máquina puede identificar la estrategia estadísticamente más eficiente.
Pero decidir si esa estrategia es socialmente conveniente, ambientalmente responsable o éticamente aceptable sigue siendo una responsabilidad humana.
Ahí se encuentra una de las grandes discusiones económicas de nuestro tiempo.
La inteligencia artificial está comenzando a reducir algo que durante siglos ha condicionado todas nuestras decisiones: la incertidumbre.
No podrá eliminarla.
Pero sí puede ayudarnos a comprenderla mejor.
Las sociedades, empresas y países que aprendan a combinar inteligencia humana, información y capacidad tecnológica tendrán una ventaja extraordinaria durante las próximas décadas.
Por eso debemos formar nuevas generaciones capaces no solamente de utilizar inteligencia artificial, sino de interpretarla, cuestionarla y tomar decisiones junto con ella.
Porque quizá la verdadera transformación no ocurra cuando una máquina sea capaz de ganar una partida.
Ocurrirá cuando aprendamos a utilizar esa capacidad estratégica para resolver problemas reales: producir mejor, utilizar menos recursos, anticipar riesgos y construir economías más sostenibles.
La inteligencia artificial está aprendiendo a decidir frente a la incertidumbre.
Ahora corresponde a nosotros decidir qué queremos hacer con esa capacidad.
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía Circular




