La inteligencia artificial aprende a decidir en la incertidumbre
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía Circular
La inteligencia artificial dejó de ser una innovación tecnológica para convertirse en uno de los principales espacios de competencia económica, política y geopolítica del mundo. Empresas, gobiernos, universidades y centros de investigación saben que quien logre desarrollar y dominar los sistemas más avanzados tendrá ventajas en productividad, seguridad, ciencia, industria, comercio y capacidad de influencia.
El problema es que todos reconocen los riesgos, pero nadie quiere ser el primero en reducir la velocidad.
Ésa es una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Las empresas que advierten sobre los posibles efectos de sistemas cada vez más poderosos continúan compitiendo por lanzar modelos con mayores capacidades. Los gobiernos que hablan de regulación buscan, al mismo tiempo, atraer inversiones, centros de datos, talento especializado e infraestructura tecnológica.
No necesariamente estamos ante una carrera irresponsable. Estamos ante un problema de incentivos.
Si una empresa decide avanzar con mayor cautela mientras sus competidores aceleran, corre el riesgo de perder mercado, inversión y liderazgo tecnológico. Si un país establece restricciones excesivas mientras otros impulsan agresivamente la innovación, puede perder capital, conocimiento y soberanía digital.
Por eso no resulta suficiente pedir prudencia a quienes desarrollan inteligencia artificial. Se requieren instituciones, acuerdos y reglas capaces de modificar los incentivos que hoy empujan a todos hacia una competencia permanente.
La historia económica ofrece ejemplos claros. La aviación, la industria farmacéutica, los mercados financieros o la energía nuclear no dejaron de innovar cuando aparecieron regulaciones. Por el contrario, construyeron estándares, protocolos de seguridad, sistemas de certificación y mecanismos de supervisión que permitieron ampliar su desarrollo reduciendo riesgos.
La inteligencia artificial tendrá que recorrer un camino similar.
Esto no significa frenar la innovación ni convertir la regulación en una barrera burocrática. Significa crear condiciones para que competir no implique necesariamente asumir riesgos crecientes. Evaluaciones independientes, auditorías, estándares técnicos, transparencia sobre determinadas capacidades y mecanismos de cooperación internacional pueden convertirse en una infraestructura institucional tan importante como los propios centros de datos.
Existe además una dimensión económica que merece especial atención: la concentración.
Los sistemas de inteligencia artificial más avanzados requieren enormes cantidades de capital, energía, capacidad computacional y talento especializado. Esto favorece a las grandes empresas tecnológicas y a los países con infraestructura suficiente para financiar esa carrera.
La nueva economía digital podría terminar concentrando todavía más poder en unas cuantas corporaciones y regiones del planeta.
Por eso hablar de gobernanza de la inteligencia artificial también significa hablar de competencia económica, acceso a infraestructura, formación de talento y oportunidades para los países que hoy no encabezan esta transformación.
México no puede limitarse a observar esta carrera desde la distancia.
Nuestro debate no debería reducirse a decidir si debemos regular más o menos. La pregunta verdaderamente importante es qué posición queremos ocupar dentro de la economía mundial que está surgiendo alrededor de la inteligencia artificial.
Necesitamos formar talento desde las escuelas y universidades, ampliar la infraestructura digital, fortalecer la investigación científica, impulsar empresas tecnológicas nacionales y generar condiciones para atraer inversiones productivas vinculadas con semiconductores, centros de datos, automatización y desarrollo de software.
Pero también debemos participar en la construcción de las reglas internacionales.
Quien solamente consume tecnología termina dependiendo de las decisiones de quienes la producen. Y quien no participa en la creación de los estándares corre el riesgo de recibir reglas diseñadas conforme a los intereses de otros países.
La inteligencia artificial representa una oportunidad extraordinaria para elevar la productividad, transformar la educación, mejorar los servicios públicos y acelerar la innovación. Sin embargo, también obliga a construir nuevas capacidades institucionales.
La carrera ya comenzó y difícilmente alguien podrá detenerse de manera unilateral.
Precisamente por eso necesitamos acuerdos que permitan avanzar sin convertir la velocidad en el único criterio de éxito.
El verdadero liderazgo tecnológico no consistirá solamente en desarrollar la inteligencia artificial más poderosa.
También consistirá en construir las instituciones capaces de utilizarla con responsabilidad, distribuir mejor sus beneficios y evitar que la competencia tecnológica termine produciendo riesgos que nadie pueda controlar.




