La preparación técnica frente a la IA: formar para dirigirla, no para depender de ella
Hace poco leí un artículo que le puso nombre a algo que llevamos años viendo, padeciendo y, muchas veces, consumiendo sin darnos cuenta: rage bait. Contenido diseñado no para informar, dialogar o construir, sino para provocar enojo-odio. Para encender emociones negativas, indignación, rabia, desprecio y así lograr más clics, más comentarios, más vistas y, por supuesto, más dinero. En política esto no es nuevo. Los discursos de división han sido una herramienta eficaz para ganar elecciones y sostener poder.
Hoy lo vemos con claridad en figuras como Donald Trump, Nayib Bukele, Javier Milei y, en el contexto mexicano, en Morena principalmente, donde la confrontación permanente, la descalificación de la “otra persona” y la narrativa de enemigos internos se han convertido en una estrategia recurrente. El enojo moviliza, cohesiona, crea fidelidad. Funciona mejor que la razón, más rápido que los datos y con menos esfuerzo que una propuesta seria.
Lo que quizá no habíamos dimensionado es que esa misma lógica se trasladó y, se perfeccionó en las redes sociales. El “rage bait” no solo vive en la arena política, está en debates sobre género, crianza, migración, feminismo, derechos humanos, religión, salud o pobreza. Basta una frase provocadora, un video fuera de contexto o una opinión extrema para garantizar interacción masiva. No importa si es verdadera o falsa, lo relevante es que incomode, irrite e incite a la división.
Aquí la reflexión es mas simple y, mas inquietante de lo que parece, el enojo no es una consecuencia accidental del debate público, es una herramienta deliberada. Primero se entendió que la polarización genera atención, después, que la atención se puede monetizar y, finalmente, que el conflicto constante mantiene a las audiencias cautivas. no es un accidente cultural, es un modelo de negocio y de poder.
El problema se agrava porque hoy ya no sabemos con claridad qué es auténtico. Muchas discusiones en redes no son espontáneas, están planeadas. Hay bots, cuentas falsas e inteligencia artificial amplificando conflictos y empujándonos a creer que vivimos en una sociedad permanentemente enfrentada. Y aun así reaccionamos, compartimos, insultamos y participamos sin cuestionar.
El rage bait nos roba algo fundamental, la capacidad de reflexionar, de cuestionarnos antes de reaccionar. Nos instala en un estado constante de enojo, donde todo se vive como ataque y toda diferencia como amenaza. Y eso, lejos de empoderarnos, nos vuelve más manipulables. Ser conscientes de esta práctica no significa callar ni renunciar a la crítica. Significa elegir mejor nuestras batallas. Preguntarnos antes de comentar o compartir: ¿Esto informa, aporta algo o solo busca dividir?
Tal vez una buena reflexión para iniciar el año, más útil que cualquier lista de propósitos, sea esta: odiar menos. No porque todo este bien, sino porque no todo merece nuestra energía emocional. En tiempos donde el odio cotiza alto, la compasion y la calma se vuelven un acto profundamente político.




