La preparación técnica frente a la IA: formar para dirigirla, no para depender de ella
Resulta bochornoso en lo que terminó convirtiéndose una marcha nacional convocada en Chihuahua por la dirigencia nacional de Morena. Durante días se construyó la expectativa de una movilización histórica: miles de asistentes, una demostración de fuerza política y un respaldo absoluto al proyecto nacional. Sin embargo, conforme transcurrieron las horas, la realidad terminó desmontando el discurso.
Hoy, lo que se comenta sobre aquella supuesta “marcha histórica” está muy lejos de la narrativa triunfalista que Morena intentó posicionar. El resultado terminó exhibiendo el fracaso político y operativo de una dirigencia nacional recién estrenada que llegó a Chihuahua intentando imponer una narrativa artificial, desconectada de la realidad social y política del estado.
La famosa cifra que en un inicio presumía “200 mil asistentes” y que después terminó reducida a “20 mil”, se convirtió en uno de los principales símbolos del fracaso de la convocatoria. La realidad observada en las calles distó muchísimo de ambas versiones y, para muchos, la asistencia real difícilmente podría resumirse en no más de 5 mil personas. Insistir en números evidentemente inflados no solamente resulta poco creíble, sino ofensivo para una ciudadanía que vio y comparó por sí misma las dimensiones reales de la movilización. En tiempos donde todo queda documentado en redes sociales, sostener cifras irreales termina erosionando aún más la credibilidad política.
Frente a ello, Acción Nacional respondió con una estrategia de contención silenciosa, ordenada y efectiva, respaldada además por el ánimo de una sociedad chihuahuense que no suele prestarse a ejercicios de confrontación ni a espectáculos de estridencia política.
Las y los chihuahuenses tienen identidad propia. Aquí no conectan fácilmente las narrativas de polarización permanente ni las dinámicas políticas importadas desde el centro del país. La ciudadanía suele responder más al trabajo, a la estabilidad y al liderazgo cercano que a los discursos cargados de confrontación.
También sería irresponsable ignorar el momento político que vive la gobernadora María Eugenia Campos Galván. Más allá de simpatías partidistas, mantiene presencia política, liderazgo y respaldo en amplios sectores de Chihuahua. Pero además, tanto ella como su equipo político actuaron con operación, disciplina y capacidad de contención frente a una movilización que desde su narrativa buscaba convertirse en una amenaza política. La respuesta fue silenciosa, estratégica y efectiva, y eso también explica parte de lo ocurrido.
La ciudadanía entendió rápidamente que la movilización tenía más carga de espectáculo político que de consecuencia jurídica inmediata. Porque las y los chihuahuenses saben perfectamente que un juicio político contra una gobernadora implica procedimientos legales, etapas constitucionales y decisiones institucionales que eventualmente recaerían en el Congreso del Estado.
Tal vez ese fue el mayor error de quienes impulsaron esta movilización: la arrogancia de una dirigencia nacional que subestimó a una ciudadanía informada, analítica y con criterio propio. Creyeron que Chihuahua respondería a la presión política, a las cifras infladas y a una narrativa construida desde el centro del país, sin comprender que aquí la gente observa, cuestiona y toma decisiones por sí misma.
Además, cada vez son más quienes consideran que esta movilización también buscaba desviar la atención pública del tema de Rubén Rocha Moya, utilizando políticamente a Chihuahua como escenario de confrontación nacional. Y ese cálculo podría terminar teniendo un costo político muy alto para Morena, porque las y los chihuahuenses difícilmente aceptan ser utilizados como herramienta para administrar crisis ajenas o distraer problemas que pertenecen a otros estados.
Lejos de proyectar fortaleza, la marcha terminó exhibiendo improvisación. Hubo desorganización, falta de control logístico y ausencia de operación política. Uno de los momentos más reveladores fue en el aeropuerto al ver a la dirigencia nacional correr apresuradamente hacia su vehículo, abucheada y repudiada, proyectando desorden, vulnerabilidad y falta absoluta de planeación.
Más preocupante aún fue la ausencia de un plan alterno frente a una estrategia de contención que era completamente previsible. Porque en política no basta con convocar; también se requiere anticipar escenarios adversos, contener crisis y demostrar capacidad operativa. Y justamente ahí fue donde la dirigencia nacional mostró debilidad.
Hoy Morena tiene la obligación de hacer un análisis serio sobre quiénes construyeron una expectativa que nunca se acercó a la realidad. También deberá replantear la forma en la que busca conectar con Chihuahua, porque mientras Acción Nacional demostró capacidad de movilización y contención, Morena sigue enfrentando el reto de comprender la lógica política y social del estado.
Y si algo terminó evidenciando aún más la distancia entre la narrativa y la realidad, fue la ausencia de varios liderazgos nacionales que durante días prometieron acompañar la llamada “marcha histórica”. Esa ausencia no pasó desapercibida y terminó enviando un mensaje político mucho más fuerte que cualquier discurso pronunciado durante la movilización.
Porque al final, más allá de las cifras infladas, de las excusas y de la confrontación política, Chihuahua volvió a dejar algo claro: aquí la ciudadanía no actúa por consigna. Observa, analiza y decide por sí misma.
Se debe tener muy claro que cuando una narrativa intenta imponerse sobre la realidad, la realidad siempre termina derrumbándola.