La preparación técnica frente a la IA: formar para dirigirla, no para depender de ella
La intervención de la magnitud de la que Estados Unidos operó en Venezuela no surge por casualidad ni por un impulso aislado del poder extranjero. Solo es posible cuando un régimen interno ha debilitado a su propio país, cuando ha erosionado las instituciones al grado de dejar al Estado sin capacidad real de defensa. Ninguna nación sólida es intervenida con facilidad; las naciones frágiles, sí.
No respaldo el intervencionismo como mecanismo de corrección política, pero tampoco puedo justificar las condiciones internas que llevan a un pueblo a mirar hacia afuera con la esperanza de encontrar lo que su propio sistema le ha negado. Cuando una sociedad llega a desear la intervención extranjera, no es porque haya renunciado a su soberanía, sino porque ha perdido la posibilidad de ejercerla frente al autoritarismo.
México, afortunadamente, aún conserva una sociedad civil viva, crítica y resistente. No han logrado cortarle las alas del todo. Nuestra historia está marcada por la resistencia a malos gobiernos, de un signo y de otro. Sin embargo, sería ingenuo negar que el autoritarismo ha estado presente de forma constante, mutando de discurso, pero no de intención.
Hoy el país atraviesa un momento complejo. El crimen organizado ha ganado poder y territorio, debilitando al Estado. Las instituciones han sido vulneradas, las libertades erosionadas y la polarización se ha convertido en una herramienta política que divide y estigmatiza. Gobernar desde el conflicto permanente tiene consecuencias profundas y duraderas.
Esa misma polarización nos enfrenta ahora frente a un acontecimiento que es ajeno en lo político, pero inevitablemente cercano en lo humano. A quienes expresamos esperanza por lo que hoy vive el pueblo venezolano se nos acusa de intervencionistas, como si la solidaridad fuera una postura ideológica extrema. Se nos empuja, una vez más, a vivir sin matices: o se está con el poder o se está contra la patria.
Nada más lejano a la realidad. Los mexicanos no queremos intervención extranjera en nuestro país. Queremos una reivindicación seria de la política interior. Exigimos un ejercicio del poder que enfrente con contundencia a los poderes ilícitos, que devuelva las calles a los ciudadanos y que retire al miedo como forma de control social. Queremos gobiernos que gobiernen, no frentes electorales permanentes.
Queremos indignación por lo que ocurre aquí: por la violencia cotidiana, por la corrupción que no se va, por la división social promovida desde las propias instituciones. Queremos que el sistema político se corrija antes de que otros nos vean tan debilitados que crean tener derecho a decidir por nosotros. Antes, incluso, de que el propio pueblo llegue a pensar que la única salida es que vengan de fuera a liberarnos de quienes gobiernan dentro.