La inteligencia artificial y los tres años que podrían cambiar el valor del trabajo humano
Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía Circular
Durante décadas, la medicina ha combatido las infecciones bacterianas mediante antibióticos. Sin embargo, la capacidad de numerosas bacterias para desarrollar resistencia a estos medicamentos se ha convertido en una de las amenazas más importantes para la salud mundial. Hoy, la inteligencia artificial abre una posibilidad que hasta hace poco parecía propia de la ciencia ficción: diseñar herramientas biológicas capaces de combatir infecciones que los tratamientos convencionales no consiguen controlar.
Una experiencia médica recientemente difundida describe la utilización de bacteriófagos seleccionados o diseñados con apoyo de inteligencia artificial para atender a un paciente con una infección resistente a los antibióticos. Aunque todavía es necesario conocer y evaluar todos los detalles científicos del procedimiento, el caso permite reflexionar sobre una transformación que podría cambiar la manera de desarrollar tratamientos.
Los bacteriófagos son virus que infectan bacterias. No son una invención reciente ni organismos que necesariamente deban ser creados desde cero. Existen en la naturaleza y han sido estudiados durante más de un siglo. Su característica más interesante es que determinados fagos pueden reconocer bacterias específicas, introducir su material genético y destruirlas mediante procesos biológicos.
La innovación consiste en utilizar inteligencia artificial para analizar enormes cantidades de información genética, identificar posibles bacteriófagos eficaces, anticipar su comportamiento y ayudar a diseñar modificaciones que mejoren su capacidad terapéutica.
Es importante aclarar que no se trata de inyectar un virus peligroso para el ser humano ni de una cura universal. La terapia con bacteriófagos requiere estudios rigurosos, controles de seguridad y evaluaciones clínicas. La inteligencia artificial tampoco sustituye al médico: proporciona herramientas para investigar alternativas terapéuticas.
La dimensión del problema justifica explorar nuevas soluciones.
Un estudio internacional publicado en The Lancet estimó que, durante 2021, aproximadamente 1.14 millones de muertes estuvieron directamente relacionadas con la resistencia bacteriana a los antimicrobianos, mientras que alrededor de 4.71 millones de fallecimientos estuvieron asociados con ella.
Las proyecciones del mismo estudio advierten que, de mantenerse las tendencias actuales, las muertes directamente atribuibles a la resistencia antimicrobiana podrían alcanzar aproximadamente 1.91 millones anuales en 2050.
Detrás de estas cifras existen familias, hospitales saturados, tratamientos cada vez más costosos y pacientes que enfrentan infecciones difíciles de controlar.
La inteligencia artificial podría contribuir a modificar este panorama.
Los sistemas computacionales pueden analizar millones de combinaciones moleculares, identificar patrones genéticos, estudiar proteínas y reducir el número de experimentos necesarios para encontrar candidatos prometedores. Procesos de investigación que anteriormente demandaban largos periodos podrían acelerarse considerablemente.
Pero existe una diferencia fundamental entre descubrir una posibilidad en una computadora y demostrar que funciona de manera segura en el organismo humano. Los resultados obtenidos mediante algoritmos necesitan validación experimental, estudios clínicos y supervisión sanitaria.
El verdadero avance no consiste solamente en producir tecnología más poderosa, sino en convertir el conocimiento científico en oportunidades reales para salvar vidas.
Desde la economía circular, esta transformación también plantea una reflexión importante.
La medicina del futuro deberá utilizar mejor sus recursos, disminuir desperdicios en investigación, optimizar procesos hospitalarios y desarrollar tratamientos más precisos. Una terapia dirigida contra bacterias específicas podría, cuando su eficacia y seguridad estén demostradas, contribuir a reducir intervenciones innecesarias y mejorar el aprovechamiento de los recursos sanitarios.
Sin embargo, sería equivocado considerar que toda innovación tecnológica representa automáticamente un beneficio ambiental o económico. Los sistemas de inteligencia artificial consumen energía, requieren infraestructura computacional y generan costos que deben evaluarse frente a sus resultados.
La sostenibilidad científica exige medir beneficios, riesgos y consecuencias.
Para México, el desafío es especialmente relevante. Nuestro país necesita fortalecer la investigación biomédica, la biotecnología, la formación de especialistas en inteligencia artificial y la colaboración entre universidades, hospitales, centros de investigación y empresas tecnológicas.
Chihuahua cuenta con instituciones educativas, capacidades industriales y talento joven que podrían integrarse a proyectos de bioinformática, análisis de datos médicos, automatización de laboratorios y desarrollo de tecnologías aplicadas a la salud.
No necesitamos fabricar todas las tecnologías del mundo. Necesitamos formar profesionales capaces de comprenderlas, utilizarlas, evaluarlas y generar soluciones propias.
También debemos abordar una cuestión ética: ¿quién tendrá acceso a estos tratamientos?
Si las nuevas terapias solamente están disponibles para quienes pueden pagar grandes cantidades de dinero, la inteligencia artificial podría profundizar las desigualdades existentes. Por ello, las políticas públicas deberán acompañar la innovación con mecanismos de acceso, regulación, protección de datos y evaluación científica independiente.
La inteligencia artificial no debe convertirse en un privilegio reservado a unos cuantos, sino en una herramienta que amplíe las posibilidades de atención médica.
Estamos ante una etapa en la que la biología, la informática y la medicina comienzan a trabajar de manera cada vez más integrada. La capacidad de estudiar organismos microscópicos mediante algoritmos representa una oportunidad extraordinaria, pero también una responsabilidad que exige prudencia.
El futuro de la medicina no dependerá exclusivamente de computadoras más veloces ni de laboratorios más sofisticados. Dependerá de nuestra capacidad para colocar la dignidad humana, la seguridad del paciente y el conocimiento científico por encima de cualquier interés comercial o entusiasmo tecnológico.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a diseñar nuevas formas de combatir las enfermedades. Pero el verdadero progreso llegará cuando esas innovaciones sean seguras, accesibles y capaces de proteger la vida humana.
Porque la tecnología más valiosa no será la que consiga imitar mejor nuestra inteligencia, sino aquella que nos permita cuidar mejor de los demás.