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Dr. Omar Bazán Flores
Doctor en Economía Circular
La humanidad se encuentra frente a una transformación económica que posiblemente será más profunda que la Revolución Industrial. La inteligencia artificial ya no representa una promesa tecnológica del futuro, sino una realidad que modifica los sistemas productivos, las profesiones, los salarios y, especialmente, el valor que la sociedad concede al conocimiento humano.
El empresario Elon Musk ha insistido en que la inteligencia artificial y la robótica podrían transformar radicalmente el empleo, hasta convertir el trabajo en una actividad opcional. En redes sociales circula una afirmación todavía más contundente: que solamente quedan tres años para monetizar nuestras habilidades y nuestra creatividad. Aunque ese plazo específico no está acreditado como una declaración textual del empresario, el debate que plantea merece una reflexión económica y social.
La verdadera pregunta no es si desaparecerán todos los empleos en tres años. La cuestión fundamental es si nuestras instituciones educativas, empresas, gobiernos y trabajadores están preparados para competir en una economía donde las máquinas realizarán cada vez más actividades que hoy consideramos exclusivamente humanas.
Los datos permiten dimensionar el desafío.
El Foro Económico Mundial estima que, hacia 2030, las grandes transformaciones del mercado laboral podrían generar 170 millones de nuevos empleos y desplazar otros 92 millones. El resultado sería un crecimiento neto de 78 millones de puestos de trabajo, pero acompañado de una profunda modificación de las competencias profesionales.
Esto significa que el principal riesgo no necesariamente será la desaparición del empleo, sino la incompatibilidad entre las capacidades de millones de trabajadores y las exigencias de una nueva estructura económica.
La Organización Internacional del Trabajo también advierte que uno de cada cuatro trabajadores desempeña ocupaciones con algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa. Sin embargo, señala que la mayoría de los empleos probablemente experimentará transformaciones antes que una sustitución completa.
Desde la perspectiva de la economía circular, este cambio obliga a reconsiderar el concepto de productividad. Durante décadas medimos el progreso por la cantidad de bienes producidos, las horas trabajadas y el crecimiento de los ingresos. Ahora debemos incorporar nuevas variables: conocimiento, creatividad, innovación, eficiencia energética y capacidad de adaptación tecnológica.
Una economía verdaderamente moderna no puede limitarse a sustituir trabajadores por algoritmos. Debe utilizar la tecnología para aprovechar mejor los recursos, disminuir desperdicios, generar nuevas actividades productivas y distribuir con mayor justicia los beneficios de la innovación.
México enfrenta una oportunidad extraordinaria, pero también una vulnerabilidad estructural.
Nuestro país participa en cadenas internacionales de manufactura, semiconductores, industria automotriz y dispositivos electrónicos. Sin embargo, producir componentes para la nueva economía digital no garantiza que aprovechemos plenamente su valor agregado.
Podemos fabricar tecnología para el mundo y, al mismo tiempo, mantener una fuerza laboral insuficientemente preparada para utilizarla.
Este contraste debe convertirse en una prioridad nacional.
Chihuahua, por su ubicación fronteriza, su industria exportadora y su vinculación con Estados Unidos, tiene condiciones importantes para desarrollar capacidades en inteligencia artificial, automatización, robótica, ciencia de datos y microelectrónica.
Pero el verdadero desarrollo no se conseguirá únicamente instalando maquinaria inteligente. Será indispensable formar personas capaces de diseñar, administrar, supervisar y mejorar los nuevos sistemas productivos.
La educación debe evolucionar de la simple transmisión de información hacia la construcción de competencias verificables, pensamiento crítico, solución de problemas y aprendizaje permanente.
También debemos reconocer una dimensión social que frecuentemente queda fuera del entusiasmo tecnológico: ¿qué sucederá con quienes no puedan adaptarse rápidamente?
Los trabajadores mayores, las comunidades rurales, las pequeñas empresas y las familias de menores ingresos podrían enfrentar mayores dificultades para acceder a capacitación, infraestructura digital y nuevas oportunidades laborales.
Sin políticas públicas adecuadas, la inteligencia artificial podría profundizar desigualdades existentes y concentrar todavía más la riqueza en quienes controlan los datos, los algoritmos y la infraestructura tecnológica.
Por eso resulta indispensable impulsar programas accesibles de reconversión laboral, certificaciones, formación digital y apoyo a pequeñas empresas.
La creatividad humana tampoco debe reducirse a su capacidad de generar ingresos. El arte, la investigación, la educación, el emprendimiento y la innovación tienen un valor social que trasciende su precio en el mercado.
Una sociedad donde las máquinas produzcan más, pero las personas pierdan oportunidades de desarrollo, no necesariamente será una sociedad más próspera.
La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta formidable para el bienestar colectivo si está acompañada de responsabilidad ética, regulación proporcional y una estrategia educativa de largo plazo.
No sabemos si en tres, cinco o diez años el mercado laboral tendrá una estructura completamente distinta. Las predicciones tecnológicas no constituyen calendarios inevitables.
Lo que sí sabemos es que esperar hasta que los cambios sean irreversibles representaría un costo económico y social considerable.
El desafío de nuestra generación no consiste en competir contra la inteligencia artificial, sino en construir una economía donde la inteligencia humana conserve su dignidad, amplíe sus oportunidades y participe de los beneficios del progreso.
El futuro del trabajo no debe decidirse exclusivamente en los laboratorios tecnológicos ni en los consejos de administración de las grandes corporaciones.
Debe construirse también desde las aulas, las empresas, las instituciones públicas y la sociedad.
Porque la verdadera riqueza de una nación no se encuentra solamente en sus máquinas inteligentes, sino en la capacidad de sus habitantes para imaginar, aprender, crear y transformar su propia realidad.
La inteligencia artificial podrá cambiar el valor económico de muchas tareas, pero nunca debemos permitir que disminuya el valor de las personas.