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Rubén Moreira Valdez
La noticia estalló en los medios de comunicación y, desde todos los rumbos del espectro político, comenzaron a difundirse mensajes sobre el personaje fallecido. El michoacano fue noticia desde su nacimiento: vino al mundoen los días en que su padre buscaba el voto para convertirse en presidente de México.
Varias veces lo vi, pero fue hasta hace unos años cuando pude sostener diversas conversaciones con él. Por iniciativa de mi amigo y entonces diputado, Roberto Carlos LópezGarcía, emprendimos la tarea de reeditar una de las obras del general Lázaro Cárdenas. Para ello, entramos en contacto con el ingeniero. Puso especial cuidado en el texto y acudió a la Cámara de Diputados para su presentación. Su estancia en el recinto fue todo un acontecimiento y causó, como era natural, un gran revuelo.
En 1988, México vivió una de sus elecciones más reñidas y, a la vez, más controvertidas. La historia la conocemos y lo sucedido fue tan importante que cambió el rumbo del país. El personaje central fue Cuauhtémoc y, desde luego, sus decisiones. Su candidatura nació de una ruptura dentro del PRI. No se trató de algo personal ni coyuntural, sino de la confrontación entre dos visiones sobre el futuro del país. Por un lado, el naciente neoliberalismo; por el otro, un proyecto de carácter nacionalista. En este último se inscribió quien se convertiría en el «líder moral de la izquierda».
Conviene aclarar que en el gobierno actual no representa esa tendencia ideológica. Lo que tenemos enfrente es una mezcla de posturas que, en muchas ocasiones, se contradicen entre sí y que se instrumentan con un fuerte aliento autoritario y una buena dosis de ignorancia.
Para muchos, la campaña del «hijo del general» prendió cuando pasó por La Laguna, particularmente por el municipio de San Pedro, uno de los cinco que integran esa región de Coahuila. La prensa consignó lo sucedido: las calles se llenaron, lo pasearon en hombros, los «primordiales» lo respaldaron y se sumaron a su proyecto líderes agrarios, operadores de despepites y maestros. El candidato caminaba por los mismos lugares que recorrió su padre cuando repartió la tierra, constituyó los ejidos, edificó escuelas y liberó a los campesinos.
Para acelerar la historia, la visita del candidato del PRI a la región no transcurrió en los mejores términos. Mal planeada y peor operada, terminó en un fracaso. El lugar se seleccionó mal y el momento tampoco fue el adecuado. Los organizadores de la gira comenzaron a repartir culpas y a buscar responsables del desastre. Si hubieran escuchado a Eliseo Mendoza Berrueto, entonces gobernador, otra habría sido la historia.
Lo cierto es que el michoacano era la cabeza de un proyecto que generaba empatía entre los pobladores de esa parte de Coahuila, donde el nacionalismo y la perspectiva social tienen una importancia particular. A ello se sumaba el recuerdo de las figuras de don Lázaro y doña Amalia.
Durante mi paso por el Comité Directivo del PRI en Coahuila, pedí al Congreso local que el nombre del presidente Cárdenas fuera inscrito con letras doradas en el muro de honor del salón de pleno. Me respondieron que no era posible concederle tal distinción porque el personaje no era coahuilense. Entonces propuse que, por sus servicios a México y a la entidad, se le otorgara la ciudadanía y se le declarara hijo predilecto. Así sucedió y, desde entonces, los debates de los legisladores se realizan bajo las letras que forman su nombre.
Cuauhtémoc, con su lucha y ejemplo, precipitó la transición democrática, fundó un partido de izquierda con posibilidades reales de triunfo y contribuyó a impulsar la construcción de instituciones democráticas. Es un personaje de gran estatura moral en la vida pública, que no cedió a las tentaciones del poder. Se sabía heredero de una gran tradición y actuó siempre desde la dignidad de un patriota.
En mi despacho hay una fotografía en la que Cuauhtémoc suelta una carcajada. Lo hizo cuando, al contarle la anécdota sobre mi solicitud al Congreso de Coahuila, le dije que éramos paisanos y le expliqué la razón. La Constitución de nuestro estado señala que son coahuilenses los hijos de coahuilenses. Por lo tanto, al serlo su padre en virtud del decreto que comento, él también lo era.
El ingeniero, mi paisano, deja un ejemplo que honrar.
P. S.
1. Le agradezco a mi cuate Roberto Carlos López la oportunidad de trabajar en el proyecto que me permitió conocer al ingeniero.
2. En Coahuila, muchos hombres de bien siguieron la voz del michoacano. Por su integridad, menciono a dos de ellos: Francisco Ramos Ramírez y Trinidad Morales Vargas.




